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  • Foto del escritorGazteam · ABAO Bilbao Opera

El falso mito del compositor “vago” [por Carlos Imaz]

Las redes sociales han pasado a formar parte de nuestra vida diaria. Comprendo, pues, que estemos enganchados al titular llamativo y, a ser posible, que pueda resumirse en 140 caracteres. La verdad es que no es nada nuevo; los periódicos impresos llevan haciendo lo mismo unos cuantos siglos. Eso sí, no bajo las alas de un simpático pajarito azul.  

No sé si será esta manía de llamar la atención a toda costa la que ha provocado que en la red aparezcan, con cierta frecuencia, titulares que afirman, sin ningún complejo, que hubo compositores musicales, y especialmente dentro del mundo de la ópera, que fueron –ahí es nada- “vagos”. Sí, leéis bien: tal cual, sin anestesia, sin silla a la que agarrarte cuando notas el mareo, sin ni siquiera una triste alfombra que amortigüe la torta que te das contra el frío suelo cuando te desmayas. Yo, directamente, alucino. ¡Con la cantidad de expertos que han estudiado su obra y no se habían dado ni cuenta de algo tan elemental!

De hacer caso a semejante barbaridad, al menos cuatro de los cinco compositores de la actual temporada de ABAO-OLBE, Donizetti, Rossini, Verdi y Mozart, deberían escribir con tiza en la pizarra de su escuela, a imagen y semejanza de Bart Simpson en la escuela elemental de Springggfield, algo así como “En mi próxima vida aprenderé a componer un aria en el mismo tiempo en el que se envía un mensaje…  o menos”. El quinto, Giordano, seguramente no les sonara de nada, así que directamente lo pasarían por alto.

La reutilización de cierta música por parte del autor de la misma en otra obra posterior –me niego a utilizar palabras como “copia”, “plagio”, “préstamo”…- debería estar más allá de cualquier juicio. Y más cuando se cita el hecho sin explicación alguna, o enfocándolo desde una perspectiva actual, que deforma y oculta los verdaderos motivos por los que tal práctica se llevó a cabo. Como quiera que mientras leéis estas líneas han llegado al menos quince mensajes nuevos a vuestro teléfono y no tenéis mucho más tiempo que perder, (¡Ojo! Al mío también), intentaré ser breve:


1.-En muchos de los casos, las óperas a las que pertenecían los fragmentos reutilizados no habían tenido éxito, bien porque al ser obras tempranas, su calidad era inferior, o porque ciertos elementos de la producción –libreto, cantantes, músicos, momento del estreno- no fueron los adecuados. Vamos, que por un lado el oficio de compositor se aprende… ¡no se nace sabiendo componer!, y por otro, siempre existieron los imprevistos. Recordad tan solo cuántas películas parecían tenerlo todo para triunfar y resultaron un fracaso. Sin embargo, la fe del músico en la creencia de que había hecho algo con mucho fundamento les llevó a rescatar aquellos compases del olvido y, en numerosas ocasiones, los catapultó al éxito.


2.-Los compositores nunca fueron personas que quisieran tener una vida alternativa en plan hipster frente a un atareado oficinista, nunca se postularon a concursos para conseguir algo tan escurridizo como la “fama” o el “triunfo”, ni mucho menos aspiraron a componer una gran ópera que perdurara en el tiempo. Ésta es una visión deformada del oficio, debido a la influencia del Romanticismo, y engrandecida en los últimos años por concursos televisivos de cazatalentos. Los compositores fueron hasta tiempos relativamente recientes, simples trabajadores contratados de nobles, grandes burgueses, instituciones eclesiásticas o personas de la realeza; a cambio de comida, cama, y un sueldo que no daba para tirar cohetes (ni siquiera en Nochevieja), componían música para la vida diaria de dichos personajes, desde un acto solemne, una ceremonia religiosa, un baile o, a partir del siglo XVII, una ópera. Su misión se consideraba cumplida cuando agradaban al noble al que servían y este hecho les permitía mantenerse en el puesto.

Cuando los teatros de ópera se convirtieron en el centro de la vida social y musical de Europa (no olvidemos que los empresarios obtenían jugosos dineritos de las apuestas de juego que se hacían en los entreactos) y pasaron a ocupar el protagonismo del mecenazgo musical, la producción operística era tan enorme, ante la ausencia de la radio, la televisión, el cine o Internet, que una ópera nueva apenas podía esperar a durar en cartel más de 25 años. Al cabo de ese tiempo, o mucho menos, caía en el olvido, sustituida por nuevas propuestas. Siempre había excepciones, claro. Como cuando pensábamos que el dueto de turno del verano de dos “estrellas” de la canción ligera en decadencia iba a ser una moda pasajera. Pero mira, ahí sigue, contra viento y marea, desafiando a los elementos.

Este estado de cosas supuso a Mozart morir en la más absoluta miseria, a la mayoría de compositores a sufrir grandes penurias o vivir vidas muy espartanas, haciendo malabares monetarios incluso para conseguir algo tan básico como velas y tinta para escribir la música, y sólo unos pocos consiguieron fama y fortuna en vida. Quizás los nombres de Haendel, Rossini, Verdi y Puccini sean los más repetidos en este caso.


3.-La existencia de numerosas versiones de la misma obra tenía diversas causas: desde la censura en un determinado país, que obligaba a cambiar argumento, personajes, texto e incluso parte de la música, pasando por la escritura de determinadas arias para cantantes muy concretos, famosísimos en su momento, pero cuya desaparición del reparto obligaba al compositor a componer nuevas piezas más fáciles para sustituir a las originales, así como la adecuación de una ópera a los gustos y tradiciones de otra tierra (caso de las óperas italianas que eran llevadas a orillas del Sena, traducidas al francés, con la adición o supresión de determinadas partes, o con la incorporación del tradicional ballet de la gran ópera). Vamos, que eso de que los compositores hacían lo que querían, pues mira, como que no. Las directrices para la composición de una ópera eran mucho más rígidas y superaban esa idea ingenua de “la libertad de crear”. Como una tía abuela mía que decía “Podéis cenar lo que queráis, pero que sobre para mañana”.


4.-En no pocas ocasiones era la falta de tiempo ante excesivos encargos en un solo año (que podían llegar a tres óperas en el caso de que un compositor estuviera en racha) la que hacía que los compositores tuvieran que echar mano de parte de su música literalmente “por falta de horas del día” para componer todo desde cero. Los célebres “pastiches” nacieron de esta prisa, cuando no daba tiempo siquiera a componer nada nuevo y se escribía una nueva obra exclusivamente en base a fragmentos de obras anteriores (lo que hace el 50% de los remixes que suenan desde el año 2000, por cierto). Es decir, la realidad opuesta a la que hacía referencia el polémico titular inicial.


5.-Por si queda algún descreído, usemos las matemáticas y comparemos por un momento los grupos modernos o cantantes solistas que sacan un álbum al año de 12-15 temas. Suponiendo 4 minutos por tema, tenemos entre 50-60 minutos de música original al año. Suponiendo que una ópera tenga una duración media de entre 90 y 120 minutos, en el mejor de los casos los compositores debían crear 270 minutos de música de escena original al año. No hablemos de sinfonías, obras de cámara o de otros géneros. Y no sólo con un bajo, una batería, dos guitarras, un teclado y un cantante solista. 270 minutos de páginas interminables para una orquesta completa y varios cantantes.  


6.-Añadid a esto la escritura a mano de partituras sin ayuda electrónica ¡y sin fotocopiadora! Los más afortunados tuvieron copistas, pero sólo cuando ya eran medianamente conocidos o contratados por una editorial de renombre. Así que el caso de J.K. Rowling mecanografiando a mano varias veces el manuscrito original de Harry Potter tiene varios antecedentes. No olvidemos tampoco la asistencia y control de la producción, la dirección de ensayos, de cantantes, el acompañamiento desde el foso al clave o al pianoforte, mientras dirigían también la orquesta, los tiempos de viaje entre las diversas ciudades para cuidar la integridad de los estrenos y las diferentes versiones, en los que se empleaban días enteros… ¡Vamos, que no daban un palo al agua!


Lucrezia Borgia, La Cenerentola, Stiffelio y Don Giovanni se pueden englobar, de una u otra forma, bajo los seis puntos anteriores. Así pues… ¿vagos? Bueno, estoy seguro de que Mozart, Verdi, Rossini o Donizetti, al igual que tantos compositores y maestros de capilla anteriores y posteriores a Bach, tuvieron sus mañanas de dormir a pierna suelta, sus crisis de creatividad, momentos de bloqueo e incluso estoy convencido de que hubo algún día en el que no hicieron absolutamente nada musical porque, simplemente, no les apetecía un pimiento. Pero basta con repasar la lista anterior para que la próxima vez que os encontréis con titulares sensacionalistas sobre el oficio de compositor, quizás, sólo quizás, os merezca la pena no entrar en esa página y buscar otra fuente más fidedigna.

Por cierto, supongo que recordaréis que en aquella época no existía, como tal, el fin de semana, ¿verdad? Por comentarlo…

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